lunes, 13 de abril de 2009

Nuevo artículo de primera necesidad


¡Suelta ese teléfono! – dice mi mamá. Es lo que siempre dice. Estoy tan cansada de escucharla decir siempre lo mismo. – Ay si por mi fuera, esas cosas no existirían. No hay nada mejor que desconectarse del mundo. – A lo que generalmente respondo con una mirada castigadora (que yo creo caleta) que sin expresar palabra alguna dice: (suspiro) Eres tan de otra época. No entiendes que estoy hablando de cosas importantes con mis amigos.

No hay nada que saque más de quicio a mi madre que el sonido y zumbido (gracias a Dios por el vibrador que nos salva del aburrimiento en clase) de mi celular. Pero ella no se acuerda que, en su época, no había nada que sacara más de quicio a mi abuela que el constante sonido del timbre de la puerta. Yo creo que es mejor estar comunicados de lejitos a que una legión de adolescentes vándalos te invada y destroce la casa. Imagínate, si no tienes alguien que te ayude en casa, limpiar solita lo que han hecho los amigos de tu hija.

Pero bueno, regresemos al punto inicial de la historia. Mi madre no aguanta mi teléfono y yo no vivo sin él. Haciendo un esfuerzo, puedo recordar la época en que este producto no era indispensable. Tendría yo unos 7 u 8 años, tal vez menos, cuando mi papá tuvo su primer beeper. Obvio, era la alegría de mi madre porque podía localizar a mi padre donde sea. Llamaba a la operadora de Tele2000 y le decía: quiero enviar un mensaje para el abonado xxxxx. Ricardo, ¿dónde estás? Las chicas y yo te estamos esperando. Apúrate. Besos. Rochy. A los minutos, sonaba el teléfono de la casa. Era una voz varonil que anunciaba su regreso en pocos minutos. Hasta ahí todo bien.

Después, crecí un poco más y llegó el boom de los celulares. Lo cual hizo aún más feliz a mi madre. Podía saber al instante dónde estaba su esposo y darle encargos que no podía rehusar porque la excusa de no recibí el mensaje era imposible de usar. Así comencé a soñar con mi primer celular y anhelaba el día en que me dieran uno. Ese día llegó, unos años después, cuando ese Nokia 5160 rojo llegó a mis manos. Obviamente, hasta el momento, era el mejor regalo que me habían dado. Ipsofacto, inicié una adicción, casi tan grave como la que sufre un cocainómano, a la comunicación.

Ese Nokia sólo me permitía enviar mensajes de texto y realizar llamadas pero para el momento era todo lo que necesitaba. Luego, llegó otro teléfono igual gracias a mi mente distraída que suele dejar todo en carpetas, taxis, cines, restaurantes y hasta probadores. Después, otro Nokia pero más chiquito y azul; seguido de un nextel que en el colmo de la máxima tecnología para el momento me permitía revisar mi email de cualquier lado (obvio sin ningún gráfico). Ese fue víctima de mi ingreso a la universidad y mi primer encuentro con la tasa de delincuencia limeña.

Si debo ver el lado positivo de ese desengaño que sufrí sobre cuán segura era mi ciudad, fue que conseguí mi siguiente teléfono. Por fin, uno con pantalla a color, cámara, grabador de voz y organizador. En ese momento, descubrí que ese accesorio que usaba todo los días se había convertido en un artículo de primera necesidad. Desde ese momento, comencé a buscar lo más nuevo en tecnología celular y no sé cómo convencí a mis padres de satisfacer mis caprichos comunicacionales. Pasé de ese celular a un Motorola v810, un Motorola V3, un Samsung SGH-D900 (el slide más delgado del mundo existente hasta el momento) y finalmente mi actual teléfono un Blackberry Curve 8320.

Ahora, debo admitir soy una adicta confesa de las comunicaciones. Definitivamente, puedo decir que no necesito nada más para sobrevivir que mi teléfono. Hago llamadas, intercambio mensajes de texto y mails, me informo, uso el Messenger y el blackberry Messenger, organizo mi vida, guardo recuerdos con fotos y notas de voz, entro a facebook, escucho música, almaceno información y probablemente mil cosas más que las doy totalmente por sentado.

Como toda adicción tiene un lado negativo, ser abiertamente una crackberriana también lo tiene. Este lindo aparatito hace que mi vida penda totalmente de un hilo. La fragilidad de este ha hecho que entre en un estado de abstinencia (y colapso nervioso) que hasta este momento se ha extendido por 9 horas y 5 inaguantables minutos. Mi vida ha sido víctima del vengador de mi madre, una botella de coca-cola. Ese líquido maligno ha ahogado a mi BB y mi vida. Ha ocasionado una regresión de más de 10 años: pataleo, chillo, me estreso y todo por un juguete. Pero es que para mí ya no es un juguete, ya no es ese aparatito que le envidiaba a mi padre y moría por tener, es mi vida.

Bueno, al menos mi madre está feliz de tenerme de regreso al mundo real (al menos por un tiempo) y yo sufriré hasta que el servicio técnico de Claro se digne a arreglar mi teléfono o encuentre a algún otro que satisfaga mi adicción (Obvio, en un periodo no mayor a 1 semana pues temo perder la razón).

Ximena García Guevara

No hay comentarios:

Publicar un comentario