lunes, 13 de abril de 2009

El don de la ubicuidad


Decía que podías estar solo sin necesidad de esforzarte mucho.
Había veces, realmente las había.
Un día llegaron estos días y dejamos, felizmente, de estar solos.
¿O lo estamos todavía?

En todo caso, es más difícil. Y es más difícil todavía definir cómo o cuándo. Pero nos viene esa sensación extraña que dirige a la certeza, a veces. Intuición, podría ser. Hay un ruido de voces no deseadas. Un tucu-tin maligno que se ensaña.

Se presenta en muchas formas. A veces vibra y otras chilla el ringtone de moda. En realidad no importa cómo, tú sabes que está ahí. Es un monstruo malvado que deseamos y necesitamos. Piensas, tal vez, que no es así. Que lo controlas. Que puedes mover un dedo y con toda facilidad apagar tu celular. Cerrar con dos clics la sesión en el Messenger. En realidad sí puedes hacerlo.
Pero cada vez menos rápido y por menos tiempo.

¿Cuánta ansiedad puedes acumular? El estudio no se acaba en el salón de clases y el trabajo no termina en la oficina o donde sea que trabajes. Te fijas si el profesor mandó algo que hacer, o alguna indicación que cumplir. Sabes que “no fijarte” puede terminar en “fregarte”, por decirlo amablemente. Te puede decir “yo les mandé correo” o “yo avisé que se cancelaba la clase”. Claro que lo avisó, pero tú no viste el correo pues. Fuiste a clases como estúpido, así nomás.
El trabajo te sigue adonde vayas. Algo se atrasa y te lo chantan, aunque estés bien cómodo en el cine. Vibra en tu pantalón y te aplasta el ánimo cuando reconoces el número maldito. ¿Cómo te escapas? Todos sabemos que ser productivo, proactivo, eficiente y digno de consideración se resume a estar siempre disponible para resolverle problemas sonsos (pero trabajosos) al jefe.
Extraño la libertad de decidir realmente cuándo estar solo, cuándo es posible retirarme. Solo irme.

Hubo un tiempo en que las llamadas se recibían en casa. Yo creo que eso tenía una razón de ser clara y mucho más eficiente que la sinrazón actual.
Si te llaman es porque te quieren decir algo a ti. Lo que sea. No a tu vecinito. No al que viaja contigo en el micro. A los demás no les interesa, o no debería, si te vas a encontrar más tarde con tu novia, ni dónde, ni para hacer qué. Si trabajas acá o allá, si tu mamá te mima.
Es penoso tener que soportar la invasión. En un viaje interprovincial de cinco horas, tuve que tragarme cuatro de “conversación” ajena. Una gordita cruzando el pasillo hablaba a todo volumen por radio con sus amigas. Ese bendito teléfono radio que permite hablar tantas horas es abominable, antinatural. Me terminé enterando de sus cólicos menstruales, decepciones amorosas, intereses ridículos y hasta del método anticonceptivo que prefiere. Todo, todo, todo, lo que no deseo saber sobre una gordita de voz chillona que debe viajar cuatro horas en el mismo espacio que yo.
Extraño el silencio. No tener que escuchar las voces de otros contestándoles a otros personajes inexistentes. Extraño que la gente no interrumpa una conversación en vivo porque el teléfono suena, ni que te dejen de prestar atención ese segundito que ojean el mensaje de texto que les ha llegado, con el inconfundible crujido de las teclas del celular.
Ya nadie está presente. Sin embargo, todos quieren estarlo, siempre, en todo lugar, para la mayor cantidad de gente.

Casi podría decirse que ya todos tenemos el don de la ubicuidad. Podemos estar en todos lados a la misma vez. Nuestro espectro atraviesa fronteras por ondas satelitales que decodifican nuestra voz y que trasladan las letras de nuestro pensamiento. Es tan inmediata y tan fácil la comunicación que no solo te aturde cuando es directa, como he venido diciendo. Cuando no hay tucu-tin, cuando no hay vibración celular, también. Si alguien es lo suficientemente osado como para pretender una compañía exclusiva, ya no necesita siquiera que el celular chille. La interrupción es tan profunda que la sientes en la no presencia. La observas (si es que rescataste en tu vida el valor de la observación) en la mirada desenfocada. En un movimiento nervioso injustificado, en un hablar atropellado. El monstruo nos tiene tan atrapados que le tenemos miedo a estar quietos.

Lo más triste es que nadie se salva. Ni uno mismo que se jacta del deseo de soledad, del deseo de silencio, del deseo de presencia sincera. La ansiedad nos ataca a todos por igual y aunque algunos despotriquemos más o menos, finalmente todos caemos y nos hundimos hasta el fondo.
Extraño sentirme solo, extraño escuchar el sonido de lo verdadero. Pero creo que en verdad nunca estuvimos más solos.
Eso nos pasa por querer ser dioses.


Alfredo Ortiz de Zevallos

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