domingo, 3 de mayo de 2009

Dos noches atrás


Ya eran como las tres de la mañana, estaba terminando de leer para mi parcial cuando me dí cuenta que la luz del cuarto de mi hermano se encendió. No me sorprendí, pensaba que él todavía estaba despierto. Dejé mi separata a un lado y me levanté para molestarlo un rato. Cuando llegué a la puerta de su habitación lo vi echado en su cama, inmóvil, parecía que ya había estado dormido por un buen rato. Entonces ¿Cómo se había prendido esa luz, así de repente? Tal vez me estaba gastando una broma, pensé. Lo llamé por su nombre. No reaccionó. Lo llamé por segunda vez. Tampoco pasó nada. Apagué el interruptor y me dirigí hacia mi cuarto. Mientras avanzaba me dí cuenta que la sala estaba más oscura que de costumbre. Preparé todo para dormir, puse la alarma de mi celular y apagué la luz. 


Ya había estado acostado como quince minutos pero todavía no podía conciliar el sueño, sentía una presión en el ambiente, como si el aire estuviera más pesado. Después de un rato, aún con los ojos cerrados me di cuenta que mi cuarto se había iluminado. Abrí los ojos y vi el fluorescente prendido. ¿Pero cómo? Comencé a buscar explicaciones científicas a lo ocurrido. Tal vez una falla en el circuito eléctrico, a lo mejor uno de los cables ya estaba viejo. Me armé de valor y me levanté de nuevo a apagar la luz. Esta vez regresé a mi cama y tapé todo mi cuerpo con las sábanas. No quería dejar algún brazo o pierna descubierto. 

No habían pasado ni cinco minutos, aunque ese lapso inundado de miedo se había sentido como media hora o más, cuando la luz se prendió de nuevo. Eso no se podía explicar. Se había prendido sola por segunda vez. ¿Qué hago? ¿Grito? ¿Salgo corriendo? ¿Pero adonde? No puedo ir a despertar a mi madre a las 4 de la mañana. Ya no soy un niño. Decidí quedarme quieto, no me paré a apagar la luz. No quería salir de mi cama. Después de un rato, sin darme cuenta, el sueño venció al miedo y me quedé dormido.

Al día siguiente se lo comenté a mi hermano pero él no había sentido nada raro, y mi madre tampoco. Nadie le dio importancia, nadie me creyó.

Un par de días después me encontré con la vecina del departamento del frente. Mientras hablábamos me contó que su abuela, una señora anciana que pasaba innumerables tardes con mi madre tomando lonche en mi casa, había fallecido un par de días atrás.


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